jueves, 5 de mayo de 2011

Cuento para primer año para trabajar con las sílabas cra-cre-cri-cro-cru"

La tristeza de Cristina.

Había una vez una niña llamada Cristina, que le encantaban las flores, en especial, el crisantemo, porque le recordaba mucho a su abuelito Cristóbal que había muerto cuando tenía 7 años. Ella adoraba a su abuelito porque éste le llevaba a muchos lugares, pero había uno en especial que le llenaba de mucha nostalgia, el parque de la Cruz, ahí Cristina y su abuelito acostumbraban a ir a comprar unas deliciosas fresas con crema, que rápidamente devoraban para después jugar en los columpios, después al pasamanos del lugar y terminaban pintando algunos dibujos con sus crayolas favoritas. En verdad Cristina disfrutaba estar con él, por eso cuando su abuelito murió, para ella fue como si el mundo se le fuese a terminar, lo quería tanto, que sentía que sin él, su vida ya no sería la misma, ya no tendría con quién jugar, pasó mucho tiempo triste y solita, no quería que nadie se le acercara. Hasta que un día cuando venía de regreso de la escuela a su casa, a lo lejos en un rincón, estaba un cachorro abandonado, llorando tristemente por hambre y por frío, además estaba muy enfermo, ella enseguida lo acomodó en sus brazos y se lo llevó a su casa con la esperanza de salvarlo.

Cristina tenía temor de que sus padres no le dieran permiso para tener el perrito, por lo que decidió no decirles nada. Todos los días a escondidas ella compraba un puñito de croquetas para alimentar al perrito, poco a poco el canino se fue recuperando y empezó a caminar, ya jugaba con Cristina, quien encantada de tenerlo en casa, se había olvidado de la pena de la muerte de su abuelito Cristóbal, y comprendió al final, que no era bueno que le llorara tanto, que era mejor recordar aquellos hermosos momentos que había pasado a su lado, así que se animó a decirle a sus padres del cachorro, quienes gustosos al ver que su hija había vuelto a sonreír, aceptaron que el perrito se quedara en casa.

Y así todos los días a las 6 de la tarde Cristina y su perrito Cronos, como lo había nombrado, salían al parque de la Cruz, a comprarse unas deliciosas fresas con crema, ella se sentaba en una de las bancas del lugar y recordaba a su abuelito Cristóbal, así misma, se prometió que jamás lloraría, que al contrario trataría de ser feliz para siempre.

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